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Ocurrió un día de mediados de los años 80 en una oficina de la calle Venezuela, en el porteño barrio de Monserrat. Un dirigente peronista me había ofrecido su gestión para una entrevista con Isabel Perón, que no debía ser, aclaró, un reportaje, sino una conversación reservada. En esos años, eran frecuentes las visitas de Isabel, como la llamaban concisamente los peronistas, a la Argentina porque el presidente Raúl Alfonsín la invitaba a participar de actos oficiales en su carácter de última exjefa del Estado, antes de la irrupción militar, democráticamente elegida por la sociedad. Los peronistas inclinaban la cabeza ante la viuda de Perón. “Ese apellido sigue pesando en la gente común”, se justificaban. Alfonsín repetía además el argumento de que ella había estado injustamente presa por la dictadura militar durante más de cinco años. En rigor, también existía un propósito político en el presidente radical: radicaba en mostrarle a la sociedad argentina, para que esta no se olvidara, quién había sido la última presidenta de la Nación aupada por el peronismo. Aquella reunión fue breve porque me encontré con una mujer exigua intelectualmente, muy menuda en cualquier sentido. Era imposible percibir en ella las condiciones de alguien con capacidad para conducir un país con varias y profundas crisis. En un momento de la conversación, le pregunté si todavía les guardaba rencor a los militares. Me miró fijamente, vaciló unos segundos y luego descargó una frase llena de significados: “Mi peor enemigo no fueron los militares, sino los grupos de izquierda, sobre todo la izquierda peronista, porque ellos les abrieron las puertas a los militares”. En esas pocas palabras se encerraban los principales protagonistas (no todos) de la tragedia política de 1976. Los grupos insurgentes que se levantaron en armas contra el Estado, incluido el Estado gobernado por funcionarios elegidos por la sociedad; un gobierno peronista caótico, inepto y oscilante, y un partido militar decidido a ocupar el poder cuanto antes. El último golpe castrense contra un gobierno civil, del que se cumplen 50 años, fue una decisión uniformada, pero también un fracaso de la política. Los partidos políticos de entonces (fundamentalmente, el peronismo huérfano ya de Perón, y el radicalismo bajo el liderazgo de Ricardo Balbín) no pudieron encontrar una solución —tampoco la buscaron— para evitar el golpe de Estado más anunciado de la historia. Todos sabían que los militares estaban en las puertas del poder; solo faltaba que se conociera cuándo y cómo entrarían.

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