Milei, más argentino que disruptivoJavier Joaquín
Decirle inútil a las Naciones Unidas no fue un diagnóstico falso, pero fue un error político de Javier Milei cuando estaba reclamando la soberanía de las Islas Malvinas, usurpadas hace casi 200 años. Subrayar que ese archipiélago es una causa nacional fue un acierto descriptivo, aunque debió expresar también que se trata de un profundo sentimiento de la sociedad argentina. Pero suponer que los británicos negociarán si se los lleva a los empujones o esperar que se sienten a conversar mansamente dispuestos a entregarle las islas a la Argentina son vagas ilusiones desvinculadas del más elemental realismo. Milei bamboleó entre la verdad y la utopía sin tener en cuenta, o sin decirlo al menos, que las Naciones Unidas pueden ser un organismo inservible, pero necesario. ¿Dónde, si no ahí, negociarían los países los grandes conflictos del universo? ¿Dónde, si es el único lugar en condiciones de albergar una negociación sobre los riesgos que plantean la inteligencia artificial y el cambio climático? ¿Puede, de todos modos, un presidente de un país presentarse ante la asamblea anual de las Naciones Unidas solo para agraviarla? La justificación de que habla de esa manera porque él “es así” ya no sirve, porque está poniendo de nuevo en juego el prestigio del país. ¿No debió, en cambio, reclamar un diálogo civilizado entre las naciones para darle un nuevo impulso a las Naciones Unidas? ¿Para qué propuso hace poco la elección del prestigioso embajador argentino (de carrera, vale aclarar) Rafael Grossi como próximo secretario general de las Naciones Unidas si él piensa que esta es una institución inútil? Es probable que la candidatura Grossi haya quedado definitivamente herida luego del discurso presidencial, aunque ya la nominación del diplomático argentino venía complicada. Milei tampoco distinguió entre el Consejo de Seguridad de la ONU, que es el que lleva la conducción fáctica de la más importante organización diplomática internacional, y la Asamblea General, que es donde habló. La Asamblea es la que reconoció durante el gobierno de Arturo Illia, y gracias a las gestiones de su canciller Miguel Ángel Zavala Ortiz, que existía un conflicto por las Islas Malvinas y que Gran Bretaña y la Argentina debían sentarse a negociar. Esa Asamblea pidió también luego que las partes (argentinos y británicos) no saquen provecho de los recursos naturales mientras no haya un acuerdo entre los dos países. Gran Bretaña desobedeció esos mandatos. De todos modos, fueron dos valiosísimas resoluciones, que le sirven a la Argentina desde hace casi 60 años para reclamar un diálogo serio con los gobiernos británicos. La indiferencia ante esos mandatos es responsabilidad del Consejo de Seguridad, y a él debió culpar Milei del incesante conflicto. Sucede que Gran Bretaña es miembro permanente, y con derecho a veto, del Consejo de Seguridad. Cambiar ese injusto equilibrio de fuerzas en el Consejo de Seguridad es lo que el Presidente debió pedir, sin insultos ni calificaciones ni adjetivos negativos. Los dirigentes británicos alegan también que en el medio de todo hubo una guerra provocada y perdida por los gobernantes argentinos, descerrajada por los últimos líderes de la dictadura militar que concluyó en 1983. Otro sistema de gobierno, que es el de la democracia, rige desde entonces en el país, con sus errores y aciertos, pero sin injerencia política de los militares. Seguir con los discursos tribuneros es hablarles a los argentinos, no a los británicos. “Los argentinos prefieren ladrarle a la luna”, describen, irónicos, no pocos diplomáticos extranjeros.

