Para espectadores y futbolistas, el Mundial de Fútbol es tiempo de alegrías y frustraciones, de fraternidad conmovedora y enemistades sin retorno. Es, asimismo, temporada alta para ciertas prácticas non sanctas que, aunque menos publicitadas, son tan antiguas como la humanidad misma: magia negra, hechizos, macumbas y toda clase de ritos ocultistas destinados a torcer el destino de un partido poco auspicioso.
Una de las regiones donde este fenómeno está más extendido es el África subsahariana, donde estudios realizados por Pew y Gallup a comienzos de este siglo estimaron que alrededor del 75% de la población cree en la brujería. En Camerún, por ejemplo, hay brujos que, antes de los partidos, untan los tobillos de los jugadores con manyanga —un preparado a base de aceite de palma— o con cenizas de una hoguera para atraer la buena suerte. En el pasado, incluso se recomendó a algunos futbolistas pasar la noche en un cementerio para “aprovechar la fuerza invisible de los difuntos”, según consignó un artículo de la BBC.
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Cuando la selección camerunesa fue eliminada del Mundial de Sudáfrica 2010, Michel Zoah, entonces ministro de Deportes y Educación Física del país, atribuyó el fracaso, en una agitada presentación ante el Parlamento, a “la brujería, el misticismo, los celos y el desorden”.

